
Porque hay siete mares. En fin, Rainwood, fue un gran tiempo juntos… Eventualmente iba a acabar, Missouri espera… ¡Ciao!

Hace calor, demasiado calor. Incluso para Miller, que se ha acostumbrado a toda su infancia en Florida, el jodido estado del sol. Pero el punto no es el calor, ni tampoco la mierda de Florida, ni siquiera el hecho de que la música del bar era buena, sino la escapatoria de los problemas que, ante los ojos azulados del pequeño Frank, se vio terriblemente fácil y tentadora. ¿Por qué no aprovecharla, entonces, siendo que no se siente para nada bien consigo mismo desde hace bastantes, arduos y largos días? Siente como si algo le hiciera falta a la casa, al lugar donde merodea sus días, a él, a su vida, en general. Le hace falta algo que es tangible, y no es dinero, ni ropa ni materialismo, sino que le falta alguien, una persona, que por mucho tiempo dijo ser su mejor amigo y que desapareció días atrás, sólo dejándole como único regalo, una ventana rota con un presupuesto de bastante dinero para arreglarse. En el bar de mierda donde está, no existe otra cosa que no sea esa sensación de opresión en el pecho que lo ha perseguido durante todo el día, pegado a él como su jodida sombra. Ni siquiera ahuyentándola con litros de whisky que ha, pomposamente, ingerido en las últimas horas. Y los labios de la rubia que está a su lado le saben mal, ya no tienen ese sabor dulce arrebatador y el gusto de la nicotina le da náuseas y le trae viejos recuerdos, de otra mata de cabello rubio, más familiar y mucho más perfecta. Una que muchas veces huele a café y cigarrillos, pero que ningún otro aroma del mundo podría igualar.
Jackson, que ha venido con él, toma su papel de hermano mayor medio responsable y le dice que deje de beber, que se vaya a casa y recupere algo de la sobriedad orgullosa que lo caracteriza, que él pasará la noche fuera con una mujer que Frankie ni se molestó en mirar, ni respondió. Si se va a casa ahora de seguro se hinchará en pastillas y morirá, casi no le quedan dudas de eso y no quiere irse. Pero la música le molesta demasiado ahora, se siente casi incapaz de seguir soportándola por mucho tiempo más, por lo que despacha a la rubia y va hacia el baño, chocando con un par de personas en el trayecto, pidiendo disculpas y sonriendo a una pelirroja para nada poco atractiva que lo atrapa unos segundos y a los dos minutos —¿o fueron quince?— ya lo ha metido al baño de hombres y se ha pegado a su cuerpo como una desquiciada. ¿Cómo se llama? ¿Se lo ha dicho? Porque no lo recuerda, de cualquier manera, duda que de habérselo dicho lo recordara, ya que no le importa demasiado. El ojiazul busca sus labios y la toma para acomodarla sobre el extremo de la fila blanca y helada de lavabos, viéndose a sí mismo como un desconocido en cada espejo. Pero algo lo hace parar esa frenética carrera hacia algún lado. Algo que no advirtió antes, alguien más en el baño. Un ebrio de seguro, pero al fin y al cabo otra persona. Se despega de ella que parece exasperada por la tardanza, ¿dónde ha quedado el Miller al que lo fácil le asqueaba? Lejos, hace tiempo de cesado y enterrado, escondido en el altillo de su casa con todas las cosas inútiles de su vida. Su buen gusto, su adolescencia, su completa heterosexualidad, el oso de felpa que fue un regalo de su ex novia, el certificado del curso en Alemania, cables, baterías extras, recuerdos de la infancia, en fin, completas idioteces.
— Eh, colega, ¿te puedes largar? —musita, y es él, pero no puede reconocer su propia voz. En ese espacio blanco en el que flota a la deriva, se le devuelve la acústica del nuevo Miller, no del freak, ni del groupie ni fana de los comics de Marvel, del otro al que nada le interesa, el que ha crecido y empeorado demasiado. ¿Dicen que con el tiempo se sienta cabeza? Bueno, pues, si él lo ha hecho, ha sido totalmente para peor. Abre la puerta detrás de la que parece estar el individuo y se sorprende al encontrarse con esa persona, con esa persona en especial. — Ian —murmura—, idiota, ¿qué mierda haces aquí? —se agacha junto a él y luego de pasarle un brazo por los hombros para levantarlo, le dice su número de teléfono a la pelirroja, que se va después de lanzar un bufido audible de derrota, pero no le importa. Es otra mujer, otra más de las tantas que hay en este planeta. Intenta sacarlo del bar, lográndolo después de un largo esfuerzo, claramente porque a nadie le importa si llevas un desmayado, una emergencia o un cadáver, te golpean como si no existiera nada más que sus putos egos. Pide un taxi, parece que el alcohol en sangre se ha desparecido, ha viajado y se ha esfumado como si de aire puro se tratara, ya no siente mareo, pero sí puede atisbar el sonido chirriante en los oídos por el volumen de la música. El viaje en el taxi se hace eterno, insoportable, tanto que no parece guardarlo en la retina, simplemente sale de un salto, dándole al taxista quién sabe cuánto dinero más del necesario y saca a Ian del coche con esfuerzo. — No te mueras ahora, solo déjame llevarte hasta la cama —dice, subiendo las escaleras y pateando la puerta de su propia habitación, llegando agotado a dejar a Ian casi delicadamente sobre el lecho. — Ian… ¿necesitas algo? ¿Me puedes hablar? Hijo de puta —gruñe, golpeándolo en el hombro, no puede contenerse, lo necesita vivo, ¡lo necesita!
hasta niveles antes inhóspitos para él, cabe mencionar. —Frankie… ¿Qué carajo haces tú en un bar…?—la pregunta se queda en el aire, cuando puede escuchar a alguien bufar y, supone, será alguna de las facilonas que se encuentran en el bar. O ni si quiera eso, tal vez es solo una muchachita que lo encontró especialmente atractivo y, aprovechando de la falta de vergüenza gracias al alcohol consumido, se le lanzó encima a la primera oportunidad. —Déjame. —dice—Eh, ¿Adónde me llevas? No, déjame Frank, estoy bien aquí…—suelta, intentando soltarse de él mientras salen del bar, pero cualquier esfuerzo es en vano y acrecienta las ganas de vomitarse encima de nuevo, aunque prácticamente no le queda nada que expulsar. Alcanza a ver como Frank para un taxi y lo mete adentro, causándole nuevas arcadas que, como puede, aguanta. Escucha como pide que vayan a su dirección, e Ian bufa. No de nuevo. —En serio Frank, déjame irme…—se plantea la idea de salir volando por la puerta, pero la velocidad del vehículo le hace pensárselo dos veces. Lo saca entonces, como si no pudiera por sí mismo, le lanza billetes al taxista –que supone son cinco veces más de los necesarios por el valor descrito en el taxímetro- y lo arrastra escaleras arriba con denotada desesperación. Misma que, claro, él mismo sentiría si Frank estuviera en las mismas. Se deja caer en la cama sin imponer fuerza alguna porque, bueno, la cama es más suave que el suelo.
— ¿Sabes Frank? Tienes los ojos del mar. Aunque no tengan arena. —suelta de pronto, y escucha que Frank le ignora por completo y le dice cualquier otra cosa, y lo único que el rubio escucha es “hijo de puta”. — ¿Qué? Sí, mi mamá es una puta, lo sé, pero en todo caso, también lo será la tuya… ¿Eh? Estoy bien, Frank, estoy bien, déjame—que me tienes hecho mierda, marica. Intenta ponerse de pie por completo, pero solo logra despegar la espalda de la almohada un segundo y volver a ceder. No sabe si Frank lo empujó o fue él mismo, pero no importa. —Ven, Frankie…—dice, tomándolo del brazo y arrastrándolo así hacía el otro lado de la cama. Lo observa a los orbes claros que posee y se lleva las manos a las sienes. — ¿Podrías… apagar la luz? Me duele muchísimo la cabeza…—tose un momento y se da cuenta de que la luz viene del velador de la mesita del lado donde él está recostado. La apaga y vuelve a tomar a Frank del brazo. — ¿Tu hermano no está aquí? —pregunta. —Espero haberle dado bien la dirección… oh, espera… me dijiste que sí… ah…—ríe, por lo mal que le sonó el “ah”, y vuelve a dirigir sus ojos a, donde supone, están los de Frank. —Huelo a vómito y vodka ¿Verdad? —supone que lo hace, que huele tremendamente a alcohol y que, solo eso, demuestra lo mal que está. Sí, pero ¿Qué va a hacer? No se pueden evitar estas cosas… Ponerse ebrio, lograr que su vida sea una mierda y caer cada tres pasos… es algo que sucede siempre ¿Verdad?… ¿Verdad? Oh mierda, ¿Qué rayos sabe él? — ¿Dijiste algo? —pregunta. Sí, bueno, no lo está escuchando, siente un zumbido en los oídos que le resulta bastante, por no decir muy incómodo. ¿Qué será? Oh, no sabe, pero tampoco le importa mucho. Ya se irá el molesto zumbidito.
Cierra los ojos, más seguro en la oscuridad que estos, tanto cerrados como abiertos, encierran. Podría pararse, tambalearse un poquitín y, así, llegar a casa dando traspiés por toda la calle y con la seguridad de que al menos un auto pasará. Y sí pasa el auto y se lo lleva consigo ¡pues más suerte para la próxima! Pero quizás llegue al otro lado. Lo difícil será subir las escaleras si el elevador está descompuesto, como cada puta semana sucede, porque así tardará mucho además de que, solo digo, es bastante probable de que caiga y se le rompa una pierna o la cabeza. Y eso, para cualquier persona promedio, no es bueno. Pero para Ian sí. ¡Hasta parecerá que fue un accidente de borracho y no una estrategia planeada estúpidamente para acabar con su propia vida, de una jodida vez por todas! Fuck yes, dude. Podría morir y simplemente ahí se termina todo, sin pasar al otro lado, sin tener que preocuparse por una vida en el Más Allá o un Infierno, porque Ian no cree en todo eso y, aunque sea posible, no va a suceder. Cree que Dios, sí existe, respetará las opiniones y creencias ajenas y dejará su cuerpo descansar en paz desparramado en los escalones del edificio donde, en vida, vivió. Vale, nos estamos yendo por las ramas. Pero si sobrevive y, es más, no le sucede nada, deberá entrar a su casa y volver a vivir la misma rutina de siempre… o no. Quizás solo se queda echado en la cama con Frankie –el gato, cabe mencionar- y se muere en paz de hambre o de sed. O se da una sobredosis de lo que tenga cerca. Sí, suena bastante tentador a decir verdad. Morir. Ya entiende a Evory… ¡Oh mierda, no la nombremos ahora! ¿Bien? Sí, bien. Ahora que está tentado con decirle a Frank –esta vez el humano- que se irá a casa por si solo… No debe pensar en Evory, porque si no así se planteará mejor la necesidad… bueno, no, el deseo de morir… Sí, no es buena idea. No vuelve a abrir los ojos, pero aprieta con más fuerza el brazo de Miller. —Imagínate si me muero, ¿sí? Bueno, ¿te he dicho que quiero que esparzas mis cenizas? Espárcelas por el puto mundo, Frank, cariño… ¿Estás escuchándome? Oh, dios, quiero vomitar. —sí, quiere vomitar. Uno de los contras de estar ebrio ¿Vale? Vale. Al menos, aún, no hemos llegado a soltar toda la puta verdad o tomar el teléfono móvil y mandar mensajes a cualquier tía y/o tío –porque sí, antes de Frank alguno habrá habido, hasta podría decir su nombre, pero no lo recuerda porque fue hace, supongamos, cinco años- con la que te hayas metido y, aún, recuerdes su número. Sep. Estamos a salvo, al menos por ahora.
De nada, fue un placer. Sí, hijo de puta, tengo ventana nueva y la mitad de un sueldo desperdiciado en el jodido cristal.
No deberías ser así, aún con todo es tu hermano. Ya sabes, idiotas hay muchos. Mas hermanos hay uno solo. O dos. O tres… sabes a que me refiero. En todo caso, me alegro muchísimo, nunca tuve una noche más agradable, sea notado el sarcasmo.

Eso suena… ¿divertido? Tal vez le estabas poniendo la música equivocada, puede que tire más por la salsa o el merengue, con los gatos nunca se sabe -Solté una risa- No, creo que no… soy Lexie, he llegado hace una semana a Rainwood, aproximadamente.
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Será por eso, no he salido nada en la última semana. Yo soy Ian. ¿Lexie es sobrenombre para… Alexa?

Porque es un hijo de perra que lo único que necesita de mi persona es el dinero y el lugar donde quedarse, si no fuera por mí seguiría en el puto hotel y así. Pero tranquilo, nos amamos. Tu también te ves bien, Ian.
Como sea, gracias. Y, dime ¿Ya tienes una ventana nueva?

No mucho o por lo menos nada que yo sepa. Hey rubio, ¿Que tal estás?
He estado mejor, castaño, contando que esta última semana no he hecho casi nada. ¿Tú qué tal… Calum, cierto?

No mucho. Hola, creo que no hemos hablado antes. Soy Millie.
Noto bastante entusiasmo. No, no hemos hablado antes. ¿Millie? Yo me llamo Ian.
